Publicado en Cuentos

La tragedia del Sr. Salamandra

El Sr. Salamandra siempre llegaba temprano a su trabajo. Era meticuloso con la hora: reiteradas veces al día le echaba una mirada al reloj que llevaba en su muñeca para asegurarse de cumplir con los horarios predispuestos para la jornada.

Sin embargo, ya habían pasado varios minutos desde la hora de entrada y el Sr. Salamandra aún no ingresaba al edificio. No habría sido raro si tal fuera el caso de cualquiera de sus compañeros o compañeras de trabajo, pero con el Sr. Salamandra, un ser tan puntual como fue descrito hace unas líneas, la situación cobraba especial relevancia.

El silencio en su escritorio, su computadora apagada y el teléfono todavía desenchufado generaban tanta extrañeza como ansiedad en el resto de los y las oficinistas. Y estas sensaciones incrementaban su magnitud con el paso de los segundos.

Media hora. Media hora había pasado desde el límite para marcar tarjeta a horario. El Sr. Salamandra no aparecía. Todos y todas en la oficina murmuraban ciertas hipótesis que podrían considerarse nefastas si un cualquiera las oyera, pero que, conociendo la extrema puntualidad del ausente en cuestión, realmente era entendible escucharlas hoy. Desde posibles cuadros de locura hasta trágicas suposiciones sobre la muerte del Sr. Salamandra volaban de aquí allá, en voz baja, claro está, para que la jefa no se enterara de la ausencia.

Pero la jefa todo lo sabe y, lo que no sabe, alguien se lo sopla. Así pasó con la particular situación del Sr. Salamandra, quien ya llevaba casi dos horas de inexplicable ausentismo laboral.

La jefa, informada entonces por vaya uno a saber quién, dejó su despacho e ingresó a la sala de los cubículos con la única intención de descifrar la situación.

“¡¿Sr. Salamandra?!”, gritó, queriendo primero corroborar el rumor del que se había enterado. Ante la falta de respuesta alguna, comenzó a interrogar a cada uno y cada una de los y las oficinistas allí presentes. Sin embargo, como cabría esperar, nadie sabía nada.

La oficina estaba comenzando a hervirse: la ansiedad de los y las allí presentes alcanzaba niveles inimaginables. El caos comenzaba a hacerse presente. Pocos y pocas eran quienes podían enfocarse en sus tareas. La mayoría estaba pendiente del cubículo del Sr. Salamandra y de su vacío inesperado. La jefa había desatendido completamente su agenda. No podía concentrarse.

Cuando ya habían pasado tres horas y media desde el horario de entrada y se tanteaba la posibilidad de llamar a la policía, la puerta de la oficina se abrió. Bajo el marco rectangular, sometido a decenas de miradas curiosas, apareció el Sr. Salamandra. Un poco desalineado, sin reloj en su muñeca, con grandes ojeras que colgaban en su rostro. La jefa, impaciente y avasallante, caminó hacia él y, antes de que marcara tarjeta, le preguntó:

—Sr. Salamandra, ¿se puede saber a qué se debe esta demora?

—Perdón, jefecita. Anoche me copé con una nueva serie en Netflix y hoy me quedé dormido. No volverá a suceder; lo prometo.

 


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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. Fotógrafo aficionado y pésimo ukelelista. A veces hablo en serio.

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