Publicado en Cuentos

El asesinato del vendedor de diarios

—¿Y? ¿Cómo fue?

—Ni idea, che. Yo llegué y estaba ahí.

—Pero… ¿ya estaba muerto?

—No sé, supongo. Por las dudas, no me acerqué.

—Creo que tendrías que haberte acercado. Tal vez lo podías ayudar.

—Sí, qué se yo. Igual, ahí nomás llamé al 911. En menos de una hora ya habían llegado.

Jaime era curioso. No podía perder la oportunidad de conocer información de primera mano. Ahí lo tenía frente así: Don Beto, quiosquero del barrio, el primero en toparse con el cuerpo del canillita. Si bien no pudo verle la cara, destruida por el balazo que le penetró la nuca, lo reconoció enseguida por sus ropas. Siempre vestía igual el vendedor de diarios y siempre vendía en esa esquina. Su identidad era indiscutible.

A Jaime, sin embargo, algo no le cerraba. Quién sería tan hijo de puta de matar a un pobre canillita, que todos los días se rompía la espalda para juntar unos mangos y poder comerse un humilde lomito, a veces acompañado por algún amigo, a veces solo él y una buena birra.

Motu proprio puro, Jaime quería llegar al fondo del asunto. Algo dentro de él le demandaba esclarecer el hecho. A nadie le importaba y nadie se lo había pedido, pero él quería saber, porque Jaime era curioso.

Luego de interrogar a los diferentes vecinos, obtener algunas escuetas declaraciones de los oficiales que habían atendido el caso y visitar reiteradas veces la escena del crimen, Jaime elaboró una extraordinaria aunque inverosímil hipótesis: el sujeto asesinado no era el canillita, sino una persona cuya identidad se desconocía.

Como no tenía pruebas contundentes, sus ideas fueron rechazadas por todos los que alcanzaron a oírlas. Sin embargo, él estaba convencido de estar en lo correcto y por ello no desistió en su búsqueda de la verdad. Sabía que, para ello, las fuentes policiales no le serían de utilidad.

Por alguna razón que él desconocía, en la comisaría se negaban a ahondar más en el caso:

—Lo mataron por hinchapelotas, por venganza o qué se yo. A quién le importa. No tenía familia y nadie reclamó nada. Ya fue, era un vagabundo y nada cambió en el mundo por su muerte.

Durante largos años, Jaime siguió dándole vueltas al asunto. Estaba comprometido con su hipótesis. Y aún si esta fuera errónea, quería entender por qué alguien mataría al pobre vendedor de diarios.

Fueron tiempos duros para el iluso investigador. Su obsesión con el caso terminó alejándolo de su familia. Sus amigos dejaron de visitarlo, cansados de escuchar sus ideas sobre conspiraciones. El rendimiento en su trabajo decreció hasta el punto de ser despedido.

Para subsistir, le bastó con hacer algunas changas por semana, pero debió dejar su departamento por adeudar el alquiler y terminó viviendo en la calle. La obsesión de Jaime estaba destruyéndolo, pero él sabía que nunca estaría tranquilo si no descifraba aquel enigma.

Como si la ironía fuera el único destino posible para Jaime, terminó trabajando como vendedor de diarios en la misma esquina donde se había cometido aquel crimen que le quitó el sueño durante tanto tiempo. No podía imaginar que debería vender periódicos justo allí cuando aceptó el trabajo, pero la coincidencia no le disgustó. Al contrario, lo vio como una excelente oportunidad para comprender en profundidad cómo había sido la vida de la víctima y arrojar así un poco de luz sobre el misterio de su asesinato.

Se aseguró de reconstruir su rutina lo mejor que pudo, comiendo los mismos lomos y bebiendo las mismas birras con los mismos amigos en el mismo lugar donde el fallecido solía comer y beber con amigos. Sin embargo, al pasar los días comenzó a tener una extraña sensación. Sentía que alguien lo observaba, que alguna extraña presencia lo seguía donde sea que él fuera. Pronto descubrió que alguien lo miraba desde lejos mientras vendía los diarios, mientras comía y mientras bebía, y más de una vez se despertó exaltado sintiendo que alguien lo observaba desde cerca.

Como Jaime era curioso y no concebía que sucedieran hechos de este tipo que él no pudiera comprender, diseñó un plan para atrapar al misterioso acechador con las manos en la masa. Logró ahorrar algunos pesos y mediante mensajes escritos en papeles que dejaba caer como por accidente en ciertos lugares, logró contratar a uno de sus nuevos amigos para que lo suplantara en la venta de diarios. Le dio sus mismas ropas, lo peinó con el mismo peinado y, durante la oscuridad de la noche, intercambiaron sus identidades.

Al otro día, el actor improvisado desempeñaba sus funciones de canillita mientras Jaime lo observaba desde un lugar seguro. El suplente tenía la orden de quedarse en aquella esquina todo el tiempo que fuera necesario. Era cuestión de horas hasta que el acechador apareciera a lo lejos y Jaime pudiera sorprenderlo. No se equivocó: el misterioso sujeto hizo acto de presencia durante la noche.

Sin embargo, no apareció a lo lejos como Jaime esperaba, sino a metros del falso canillita. Jaime salió enseguida a su encuentro, pero aún se encontraba a algunos metros cuando el acechador sacó un arma de su bolsillo y le disparó en la nuca al desdichado imitador. Acto seguido, el criminal miró fijamente a Jaime durante unos segundos, aunque luego aquel salió corriendo y se perdió al doblar la esquina.

Jaime se paralizó durante unos segundos. Su primer impulso fue asistir a la víctima, pero enseguida cayó en la cuenta de que él podría ser fácilmente condenado como culpable de ese crimen y también salió corriendo de aquel lugar. Durante algunos días no hizo más que vagar por la ciudad. El miedo no lo dejaba dormir. No entendía qué había pasado.

Caminar las calles sin tener un lugar fijo donde quedarse le pareció la estrategia más segura. De vuelta a las changas, sobrevivía gastando lo justo y el resto lo ahorraba. Durante un año vivió así, hasta que pudo comprarse un arma en el mercado negro, gracias a algunos contactos que había conseguido en su constante vagar urbano.

Al haber transcurrido un buen lapso de tiempo, y ahora con un arma en su bolsillo, la seguridad volvió a su ser. Con el coraje recuperado, decidió volver a la esquina donde habían tomado lugar los dos extraños homicidios. La sorpresa allí fue extraordinaria: en aquella esquina, en esa maldita esquina que tantos problemas le había ocasionado, el canillita supuestamente asesinado estaba vendiendo diarios. El primer sentimiento de Jaime fue alegría: su hipótesis había sido acertada; el vendedor de diarios no había sido asesinado y él siempre había tenido razón.

Sin embargo, minutos después una furia inesperada invadió su cuerpo. Ese tipo que veía ahora, vivo y trabajando como si nada, había sido el culpable de todo lo malo que le había pasado. ¿Por qué había fingido su muerte? ¿Qué hizo durante todo este tiempo? ¿Por qué había vuelto al mismo lugar? Las respuestas a estas preguntas ya no le interesaban a Jaime. Ahora solo quería su venganza.

Durante varios días lo estuvo observando, intentando encontrar el momento adecuado para hacer justicia. Más de una vez se acercó mientras dormía y le apuntó a la cabeza, pero, por algún ruidito o un mínimo movimiento en el ambiente, siempre terminó huyendo antes de concretar su cometido.

Una noche, finalmente, los planetas parecieron alinearse a favor de Jaime. Por alguna razón, el canillita se quedó en la esquina más tiempo del que solía quedarse. Aprovechando que no había absolutamente nadie en la calle, se acercó veloz a él y, antes de que este notara su presencia, le pegó un tiro en la nuca. Mientras apretaba el gatillo, notó que alguien caminaba hacia él. Miró al inoportuno sujeto durante unos segundos, pero no pudo verle la cara por la oscuridad que reinaba en esa noche. Asustado, consciente del asesinato que acababa de cometer, Jaime salió corriendo y se perdió al doblar la esquina.


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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. Fotógrafo aficionado y pésimo ukelelista. A veces hablo en serio.

2 comentarios sobre “El asesinato del vendedor de diarios

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