Publicado en Cuentos

Del otro lado del cristal

Parada detrás de la ventana, observa la calle.Silencio, pasa un auto, silencio, pasa otro auto, silencio, llega el panadero, sale una vecina, lo llama “¡panadero, panadero!”, pasa un pibe andando en bicicleta, saluda a la vecina con un gesto, pasa una chica que nunca había visto (“no debe ser del barrio”) paseando un perro, un peludo y hermoso perro negro, un perro de agua portugués, para ser específicos…

—Siempre quise tener un perro —piensa al verlo pasar.

—Siempre te quedás en el ‘pero’ —se responde a sí misma.

—Dije “perro”, no “pero”.

—Es igual.

—No es igual.

—Bueno, siempre te quedás en el “quiero”.

—Puede ser.

—Lo es.

El panadero se ha marchado. El silencio vuelve a la calle y la paciencia regresa a la observadora detrás de la ventana. Nada pasa durante los siguientes minutos. Hace frío, quizás es por eso.

—Podría llover, al menos.

—¿Para qué?

—Qué sé yo, porque me gusta.

—¿Cómo sabés que te gusta?

—No sé, me acuerdo que me gustaba…

—Pero ya pasó mucho desde la última vez que saliste y llovió.

—Ya pasó mucho desde la última vez que salí.

—Exacto.

La conversación introspectiva se ve interrumpida cuando el vecino de enfrente, sin querer, hace sonar la alarma de su auto. Siempre igual, no aprende más. De repente, la actividad se reanuda en la calle observada. Pasa un par de autos y se estacionan en la casa de la esquina. Baja una numerosa familia, saludan a quien los recibe, parece que es un cumpleaños.

Durante la siguiente hora, la calle se vuelve muy transitada. Pasan autos de aquí allá, pasan peatones por ambas veredas, pasan algunos vendedores, hasta se escuchan una frenada y un bocinazo provenientes desde la esquina. Lamentablemente, hasta allá no llega la mirada de la observadora, limitada por el marco de la ventana.

—Hay que tener cuidado. Pasó a los pedos.

—Te trajo recuerdos, ¿no?

—Sí.

—Fue en esa misma esquina.

—Lo sé.

—¿Qué habías ido a hacer?

—Crucé porque quería hablar con Lucas.

—Ah, cierto, cierto. Te gustaba mucho Lucas.

—Sí. Por eso crucé la calle. Quería decirle lo que sentía.

—Ahora me acuerdo todo. La camioneta salió de la na…

—Basta, no quiero pensar en eso.

—Perdón. ¡Ah, mirá! Hablando de Lucas…

Sigue habiendo mucho movimiento en la calle. Casi todos se dirigen al cumpleaños, pero, en sentido contrario, vuelve el pibe en bicicleta que más temprano saludó a la vecina. Parece estar mojado. Llega a su casa y entra.

—Debe haber llovido donde él estaba.

—Y parece que acá también va a llover. Mirá cómo está el cielo.

—Sí, en cualquier momento se larga.

—Sigue lindo Lucas.

—Es precioso.

—¿Seguís enamorada de él?

—¿Puede una enamorarse en este estado?

—Se te enrojecieron las mejillas.

Una mujer se acerca, por detrás, a la observadora. Se acerca a su oído y le pregunta si han pasado cosas interesantes. Bip, bip. “Parece que hay un cumpleaños”. Bip. “¿De Antonio?”. Bip, bip. “Ah, ¿de Lautaro?”. Bip. “¿Y a Lucas lo viste?”. Bip, bip.

Fuera, comienza a llover.

 


Podés leer más de los cuentos que escribo los viernes haciendo clic acá.

 

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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. Fotógrafo aficionado y pésimo ukelelista. A veces hablo en serio.

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