Publicado en Cuentos

Instinto

I

Terribles crímenes se han cometido durante las heladas noches de Besille. Ya son seis seguidas en las que han encontrado cadáveres descuartizados, destripados, destrozados y cualquier otro terrible des-algo que se les ocurra. Las víctimas, hasta ahora, han sido personas de la calle, vagabundas, sin familia ni nadie que reclame su ausencia.

La escena con la que se encuentran las autoridades es, tripas más, tripas menos, siempre la misma: restos esqueléticos cuyas partes blandas han sido devoradas hasta las últimas consecuencias, alguna que otra extremidad tirada por ahí, algún órgano gástrico intacto gracias a su sabor amargo. Al lado, las huellas ensangrentadas de los victimarios que se han marchado con el apetito saldado. Huellas, en todos los casos, de grandes perros, pero siempre acompañadas por las de un hombre y su caminar descalzo.

Habiéndolas medido todas las veces que se han encontrado, se ha podido estimar que este hombre mide al menos dos metros y pesa unos noventa kilogramos. Dato confirmado por la policía.

Hasta ahora, no se sabe nada más de él. Ni quién es, ni porque se mueve con la jauría, ni mucho menos por qué perpetra estos crímenes. Sin embargo, esta situación de desconcierto podría revertirse hoy. El último asesinato ha dejado un testigo.

 

II

—Entonces, ¿usted estaba trepado al árbol?

—Sí.

—¿Y qué hacía ahí?

—Ya se lo dije recién.

—Es para el registro. Por favor, repítalo.

—Vi que había una pelota y quería bajarla.

—¿A las tres de la mañana?

—Supongo.

—Pero ¿qué hacía a esa hora, en ese lugar?

—Ya le dije, no tengo casa. En esa plaza suelo dormir.

—¿Y qué hacía despierto a esa hora?

—Con el frío que hace, es difícil cerrar los ojos. Estaba caminando para entrar en calor y ahí vi la pelota. Bajarla me pareció un buen ejercicio para no morirme congelado.

—En ese momento, llegó la víctima, ¿no?

—Sí, pobre Miguelito.

—¿Conocía usted a la víctima?

—¿En serio tengo que repetir todo?

—Sí, todo.

—A Miguelito lo conocía de la calle. Nos solíamos cruzar en esa plaza. A veces intercambiábamos comida o ropa.

—¿Sabe qué hacía él en ese lugar?

—Supongo que lo mismo que yo: caminar para no morirse de frío.

—Bueno, ahora cuéntenos cómo sucedió todo.

—Fue terrible. Lo vi llegar y pensé en asustarlo cuando pasara debajo del árbol, así que me quedé en silencio. Cuando estaba a unos metros, un perro enorme le saltó a la nuca. Miguelito intentó sacárselo, pero de cara al suelo era imposible. Enseguida saltaron dos perrotes más. Uno le agarró un brazo; el otro, una pierna. Fue todo en dos segundos. Quise bajar enseguida, pero lo siguiente que vi me paralizó.

—¿Qué vio?

—Usted ya sabe qué vi.

—Por favor, prosiga.

—Bueno, estaba por bajar y de la nada salió un tipo. Qué digo “un tipo”. Era un monstruo.

—¿En serio? ¿Un “monstruo”?

—Bueno, no un “monstruo” literalmente. Era un hombre muy grande, con más de dos metros. Una espalda gigante, unas piernas que parecían troncos. Y estaba desnudo. Con el terrible frío que hacía, estaba desnudo. Salió de la nada, lo juro. Y se abalanzó sobre la espalda de Miguelito. Le agarró la cabeza y se la estrelló contra el piso. Miguelito dejó de moverse. Yo creo que ahí se murió.

—¿Qué sucedió después de eso?

—Ahí pensé que no iba a bajar ni loco. Aparecieron un par de perros más y entre los seis empezaron a comérselo. Fue horrible. No quería ver, pero al mismo tiempo no podía dejar de mirar. Algo me impedía alejar la mirada. Cuando terminaron con Miguelito, salieron corriendo en manada. Esperé una hora en el árbol: estaba muerto de miedo. Cuando me aseguré que no había nadie, bajé. Miguelito estaba irreconocible. Vomité. Después me fui corriendo hacia la dirección contraria por la que se fueron los animales. Estuve caminando toda la noche, aterrado. Después de unas horas, cuando no me sentía seguro en ningún lugar, caí a la comisaría. Ahí les conté todo.

 

III

Con las declaraciones del testigo de aquel momento, la policía pudo confirmar todo lo que sospechaba sobre el criminal. Su origen seguía siendo un misterio, pero al menos sabían con qué trataban. Durante el día siguiente, todos los efectivos estuvieron a disposición para encontrar la salvaje jauría. No hubo resultados positivos. Como la noche se acercaba, y se intuía que volverían a atacar, tal como las vigilias precedentes, acudieron a un plan desesperado.

El testigo, convencido por autoridades estatales de conseguir, a cambio de su colaboración, una residencia personal para pasar el invierno, aceptó servir de carnada. Nunca se sabrá si hubo acaso instrucciones alternativas para la policía.

Esa misma noche, todo estaba dispuesto para llevar a cabo la trampa. El pobre vagabundo caminó la plaza durante horas, esperando la aparición de los salvajes animales, pero nada sucedió. Al menos, no allí. Algunas cuadras a la distancia, una mujer que se encontraba ejerciendo la prostitución fue cruelmente masticada hasta morir por los perros y el monstruoso sujeto.

“Llevará tiempo atraparlo”, dijo el comisario en jefe a la prensa, cuando se le preguntó por qué seguían encontrando víctimas. Ese tiempo duró cuatro días e implicó cuatro víctimas más. Al quinto día, finalmente el hombre-carnada fue atacado. Dicen las fuentes oficiales que la policía hizo lo que pudo, pero que el ataque fue demasiado rápido y no pudieron evitar la muerte del vagabundo. Ningún testigue puede confirmarlo.

Los perros fueron rápidamente reducidos con disparos certeros que les volaron los sesos. Para el hombre, el plan era diferente: costó gran trabajo que el somnífero de los dardos tranquilizantes hiciera efecto. Cuando finalmente cayó, lo ataron de todas las maneras posibles y lo subieron a una furgoneta. Su destino fue desconocido hasta ayer al mediodía, cuando trágicamente todo salió a la luz.

Según lo que las diferentes declaraciones permitieron reconstruir, el salvaje fue trasladado al Centro de Investigación Científica (CIC). Allí, lo recluyeron en una habitación especial e improvisadamente construida para él. Día y noche fue sometido a todo tipo de pruebas fisiológicas, psicológicas, neurológicas y cualquier otra terrible algo-lógica que se les ocurra. Se concluyó lo que todos hubieran imaginado: no sabía hablar, estaba enfermo del sistema digestivo y había asimilado los hábitos perrunos como forma de vida. Su cerebro, por otro lado, funcionaba perfectamente.

Después de todos esos testeos, decidieron que lo más conveniente era educarlo. Empezaron por enseñarle a hablar y, luego, a leer y escribir. Cuando la comunicación con él ya se había vuelto más fácil, optaron por enseñarle matemática básica y algunas cuestiones morales. Intentaron obtener información de su pasado, pero el ahora exsalvaje expresó que no recordaba nada de antes de estar en esa habitación. Les prestigioses científiques dedujeron que los recuerdos habían sido bloqueados inconscientemente para evitar complejos traumas.

Cuando la educación básica concluyó, prosiguieron con intentar integrarlo a la sociedad humana. Después de enseñarle diferentes códigos de conducta y múltiples costumbres humanas, le llevaron diferentes personas para que interactúe. Al cabo de un par de años, ya era un hombre hecho y derecho. Nada quedaba de aquel ser salvaje y sanguíneo que había perpetrado los terribles crímenes.

Al respecto, y ya que lo menciono, nunca se supo bajo qué dictamen quedó exento de los asesinatos que cometió. Sí se sabe, en cambio, que nunca nadie se lo preguntó. Al ser desconocidas todas sus víctimas, los crímenes pronto quedaron en el olvido y hay hasta quienes sintieron que el salvaje le había hecho un favor a la sociedad.

Retomando: el experimento estaba casi terminado. Faltaba un último paso, aquel que consagraría el método aplicado por los científicos CIC para la restauración de la humanidad de este sujeto. Consistía, este último paso, en integrar al exsalvaje en el mundo laboral. Bastaron algunos llamados para conseguirle un puesto menor en una importante firma empresarial. Pasaron los días y Arturo, como empezó a ser llamado, se amoldó completamente a su labor.

Debieron pasar seis años más hasta que volviéramos a saber del exsalvaje, digo, de Arturo. La información recolectada, aunque incompleta, ha resultado tan precisa como verídica. Al poco tiempo de estar trabajando, Arturo ascendió de puesto. Con un mejor pasar económico, pasó de alquilar a comprar su propia casa. Al año siguiente, conoció en la empresa a una dulce mujer con la que comenzó a salir. Después de más de tres años de noviazgo ininterrumpido, se casaron. Vivieron felices y tranquilos hasta el día de ayer, cuando los hechos ocurridos nos han permitido enterarnos de la existencia de Arturo.

Era un día normal en la vida de la pareja; un día como el de todos. Durante la mañana, ambos fueron a trabajar. Arturo volvió un poco más tarde que su compañera, debido a que estaba atrasado en el trabajo. Llegó poco después de las cuatro de la tarde y se acostó un rato para descansar. Cuando se levantó, fueron al cine. Al parecer, vieron una comedia romántica titulada “Sin ton ni son”. Volvieron a la casa. Llamaron a una pareja amiga para invitarlos a cenar y estos aceptaron. Hornearon un gran pedazo de carne, acompañado con distintas verduras y una excelente salsa barbacoa que Arturo preparó. Cuando su esposa lo sacó del horno, sonó el timbre.

La pareja invitada esperaba al otro lado de la puerta. Acababan de tocar el timbre. De repente, oyeron un grito dentro de la casa. Ambos se miraron preocupados. El grito se repitió. Uno llamó a la policía, el otro comenzó a patear la puerta hasta que cedió. Ingresaron corriendo. Llegaron a la cocina. La bandeja con la carne está tirada en el suelo. La salsa barbacoa se entremezcla con sangre. Arturo, el exsalvaje, se encuentra arrojado sobre su esposa, devorándole las tripas.

Los amigos le golpearon la cabeza con la bandeja y lo noquearon. Si bien a los pocos minutos llegó la policía, ya todo el barrio se había enterado del hecho y fue imposible ocultarlo. Así se destapó el experimento que habían hecho con el sujeto, tal como fue narrado en esta crónica.

En cuanto el asesinato de su esposa, no se sabe a ciencia cierta cuál fue el detonante. Se cree que fue una conjugación casual del estímulo visual de la barbacoa, el olfativo de la carne y el sonoro del timbre, la cual operó en contra de la barrera que su inconsciente había creado.

Actualmente, no se sabe qué fue de Arturo. Hay quienes dicen que lo subieron a una furgoneta apenas llegaron los efectivos. No hay declaraciones oficiales.

 


 

Podés leer más de los cuentos que escribo los viernes haciendo clic acá.

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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. A veces hablo en serio.

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