Publicado en Cuentos

Otra dimensión

El festival estaba llegando al mejor momento. Marco, Sofía y el resto del grupo habían llegado al lugar temprano y desde entonces habían estado comiendo, bebiendo, bailando. Ninguno era realmente fanático de la música electrónica, alguno quizás sí lo era del pop, pero aun así estaban disfrutando al máximo aquella fiesta al aire libre.

Los DJ se sucedían mientras pasaban las horas y ellos estaban cada vez más encantados con el ambiente que se estaba construyendo. Gente saltando feliz por todos lados, deliciosos tragos preparados con las mejores bebidas, árboles repletos de luces y guirnaldas y una cálida luz solar contribuían para conformar aquel escenario juvenil donde la alegría, la amistad y el amor brillaban en todo rincón. Y el amor…

Marco lo había planeado desde hacía varios días: aprovecharía algún momento en la fiesta para decirle a Sofía lo que sentía por ella. Día tras día, había calculado todas las posibilidades, cada uno de los caminos que la conversación podía llegar a tomar, cada uno de los gestos que podrían ayudarlo a lograr su objetivo, cada una de las palabras que podría llegar a oír como respuesta. No estaba seguro de que Sofía sintiera lo mismo, pero estaba dispuesto a arriesgarse. “Nadie nunca se arrepintió de ser valiente”, parafraseaba a Borges para motivarse.

La situación se dio de la mejor manera. Llegando al punto de mayor éxtasis de la fiesta, su grupo de amigos se perdió en la muchedumbre. Sofía, él y una amiga quedaron aislados del resto. Por pura suerte, o porque entendía lo que estaba a punto de pasar, su amiga se fue a comprar un trago y los dejó a ellos dos solos, pero juntos.

El ambiente parecía cinematográfico. El vapor en el aire adquiría, gracias al brillo del sol que lo atravesaba, una especie de densidad inerte que envolvía a los jóvenes, los acercaba, y transformaba aquella situación en un pasaje único e irrepetible. Marco no podía quitarle la vista de encima a Sofía. Le gustaba, en particular, la vincha con pequeñas flores que tenía en la cabeza. Miraba a Sofía y la veía mucho más linda que todas las veces que la había visto antes, incluso más linda que todas las veces que había imaginado aquella conversación. Qué digo “linda”. La veía preciosa.

Acaso Sofía se percató de la mirada convencida de Marco, pero nada hizo al respecto. Seguía bailando como si nada pasara, como si el pequeño mundo en el que ambos habitaban no estuviera a punto de cambiar para siempre.

“Nadie nunca”, se dijo Marco, por lo bajo. Sofía lo vio mover los labios, pero nada pudo escuchar debido a la música que despegaba desde los grandes altoparlantes. “Nadie nunca”, se dijo una vez más. Y avanzó.

Lleno de temores, sí; repleto de dudas, también; pero convencido de que la oportunidad era ahora, o no lo sería nunca. Se había convencido a sí mismo que no debía esperar nada. Ni buenas, ni malas noticias. Simplemente, jugársela y ver qué pasa.

Se acercó a Sofía. Le dijo algo sobre la vincha. Sofía no lo oyó. Él extendió la mano y jugueteó con sus dedos en el pelo de Sofía. Dijo algo más sobre la vincha. Sofía solo escuchó la palabra “preciosa”. Marco se acercó aún más. Sofía también, quería oír qué le estaba diciendo. Marco notó el aproximamiento de ella. “Nadie nunca”, pensó, e intentó besarla. Sofía, confundida por la situación, se lanzó hacia atrás. “¿Qué hacés, Marco?”. Marco no la oyó. Sofía le hizo señas para que se alejaran de la pista y pudieran hablar con tranquilidad.

—Disculpame.

—No, está bien. Te confundiste nomás.

—No me confundí.

—¿Cómo que no?

—Me gustás, Sofi. Me gustás mucho. Bah, qué digo “gustar”. Me encantás.

—Uh, Marco, perdoname, pero nada que ver yo.

—¿Cómo que no? Si pasamos un montón de tiempo juntos y la otra vez dijiste que me querías y…

—Sí, obvio que te quiero.

—Y bueno.

—Pero como amigo, Marco. Te quiero, pero como amigo.

—Tal vez sí me confundí.

—Y… sí.

—Yo creí que podíamos ser algo más que amigos.

—No sé, por ahora no.

—Pero ¿vos decís que en el futuro tal vez sí?

—No sé si vamos a terminar juntos. Tal vez existe otra dimensión en la que sí.

El festival estaba llegando al mejor momento. Sofía, Marco y el resto del grupo habían llegado al lugar temprano y desde entonces habían estado comiendo, bebiendo, bailando. Ninguno era realmente fanático de la música electrónica, alguno quizás sí lo era del pop, pero aun así estaban disfrutando al máximo aquella fiesta al aire libre.

El ambiente parecía de película. Los árboles adornados con luces de todos los colores le daban un clima familiar al mismo tiempo que espectacular a aquel sitio. Las pistas se habían sucedido una tras otras en la bandeja de los DJ y ahora la fiesta llegaba al punto de mayor emoción.

Sumergidos en ese éxtasis juvenil, el grupo de amigos se había disipado por todo el lugar y Sofía se había quedado solamente junto a una amiga y a Marco. No escuchó muy bien la razón, pero la amiga se alejó de allí. Entonces, al quedarse sola con Marco, notó que este la miraba más de lo normal. Él le dijo algo, pero con el alto volumen de la música le era imposible oírlo.

Sofía, sin embargo, sintió cómo su corazón comenzaba a latir más fuerte. Se dijo a sí misma “esta es la oportunidad que tanto esperé”. Es hoy o nunca. Marco dio un paso hacia ella. Sofía comenzó a temblar por los nervios. No podía creer que al fin estaba pasando. Por puro azar, recordó con cierto error una cita de Borges: “nadie nunca se arrepiente de ser valiente”. Marco dio otro paso. “Nadie nunca”, se repitió Sofía. Y avanzó ella también.

Cuando ya estaban bastante cerca uno del otro, Marco dijo algo, pero resultaba imposible que ella lo oyese. Él extendió su mano y jugueteó con sus dedos en el pelo de ella. Nuevamente dijo algo, pero Sofía solo oyó la palabra “preciosa”. La joven seguía sin poder creerlo. Marco se acercó para que ella pudiera oírlo. Ella vio su aproximamiento e intentó besarlo. Bruscamente, Marco dio un paso hacia atrás. “¿Qué fue eso?”, dijo, pero ella no lo oía bien. Entonces le hizo un gesto con la cabeza para que se alejaran de la muchedumbre y así poder hablar tranquilos.

—Disculpame.

—No, está bien. Te confundiste nomás.

—No me confundí.

—¿Cómo que no?

—Me gustás, Marco. Hace mucho que me gustás. Pero no sabía si vos sentías lo mismo.

—Disculpame, Sofi, pero no…

—Bueno, yo creía que tal vez sí. Viste que pasamos mucho tiempo juntos… Y la otra vez te dije que te quería y vos me dijiste que también.

—Sí, es que yo te quiero. Te quiero un montón.

—Pero…

—Pero como amiga, Sofi. Te quiero, pero como amiga.

—Creo que malinterpreté las cosas.

—Y… sí.

—Yo creí que podía pasar algo entre nosotros.

—Quién sabe, ¿no?

—¿Qué? ¿Vos creés que vamos a estar juntos en algún momento?

—No sé, no podemos saber eso.

—¿Por qué lo decís?

—Porque no podemos predecir el futuro. Yo ahora te quiero como amiga, pero no sé qué voy a sentir mañana o en un año. No quiero darte falsas esperanzas. Lo que digo es que nos queremos y tal vez existen otras versiones de nosotros que sí terminan juntos. Ahora, en este lugar, no se dio, pero quizás en otra dimensión sí.

El festival estaba llegando al mejor momento. Los jóvenes disfrutaban del ambiente que se había formado: árboles repletos de coloridas luces y guirnaldas, un sol delicioso que brillaba en su máximo esplendor y una sutil capa de niebla que envolvía toda la pista. Las chicas y los chicos saltaban en sus sitios al ritmo de la música, el alcohol se servía sin parar en la barra y dos amigos se miraban en medio del tumulto.

Marco miraba a los ojos a Sofía y ella le devolvía la mirada con igual intensidad. Alrededor, todo era un lío: miles de personas saltaban, bailaban, reían, cantaban, gritaban. Pero en ese pequeño espacio que habían construido ellos dos, tan solo sostenido por un puente o lazo imaginario tendido entre los ojos de uno y de otro, la calma reinaba.

Como si el tiempo allí transcurriera a un ritmo diferente al del entorno, lentamente se aproximaban entre sí. Un paso de él, un paso de ella, un paso de él. Estando cerca, el ruido cesó. Solo se escuchaban ellos dos: sus respiraciones, sus movimientos, sus latidos. Él tendió su mano, le acarició el pelo, le dijo algo sobre la vincha con flores que ella llevaba y sobre lo preciosa que se veía con ella. Al oír estas palabras, ella sonrió.

Se acercaron más, hasta el punto en el que, si alguien los mirara de lejos, parecerían ser una sola persona. Pero nadie los miraba. Eran invisibles ante los ojos del resto de la gente. Estaban en su mundo y solo ellos podían estar allí.

Los pocos centímetros que los distanciaban se reducían cada vez más, lentamente, en silencio. Se besaron. Se separaron. Se volvieron a besar. Sin siquiera hacer algún gesto, entendieron lo que querían decirse y se alejaron de la muchedumbre. Se perdieron entre los árboles.

Algunas horas después, los jóvenes se encontraban acostados en el pasto, uno al lado del otro, exhaustos, pero felices. Sin decir una palabra, con una sonrisa en sus bocas, contemplaban el cielo. Ella estaba recostada sobre el brazo de él. Cuando el sol comenzó a bajar, se giró hasta quedar bien cerca de Marco. Le dio un beso.

—Sofi, nunca creí que terminaríamos así.

—Yo tampoco, Marco.

—Pero es hermoso. Estar acá, juntos, es hermoso.

—Lo es.

—Quizás siempre estuvimos destinados a terminar juntos.

—No sé. Y no creo que podamos saberlo.

—Tenés razón.

—Tal vez existen muchas dimensiones y justo en esta se nos dio.

—Si fuera así, esta sería la mejor de las dimensiones.

—¿Vos te imaginás un mundo en el que no terminamos juntos?

—No, no creo que exista.


Podés leer más de los cuentos que escribo los viernes haciendo clic acá.

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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. Fotógrafo aficionado y pésimo ukelelista. A veces hablo en serio.

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