Publicado en Cuentos

Contrato

Suena el teléfono. Antonia atiende.

—¿Hola?

—¡Hola! Este es un servicio de…

Antonia corta. Suena nuevamente el teléfono. Antonia atiende.

—¿Hola?

—¡Hola! ¿Hablo con Antonia?

—Sí, ella habla.

—Buenos días, Antonia. ¿Cómo se encuentra?

—Bien. ¿Qué necesita?

—Me comunico con usted porque se suscribió a nuestro servicio.

—Yo no me suscribí a nada.

—Aquí figura su nombre.

—¿Qué servicio es?

—Eutanasia instantánea.

—¿Y eso?

—¿No sabe qué es la eutanasia?

—Sí, sé qué es. Pero yo no me suscribí a eso.

—Aquí figura su nombre.

—Eso ya me lo dijo.

—Entonces contrató el servicio.

—Le digo que no. Debe ser un error.

—Disculpe, pero somos una empresa muy seria y discreta como para cometer un error.

—¿Qué empresa es?

—Eutanasia Instantánea Sociedad Anónima.

—Nunca llamé a esa empresa.

—No es necesario llamar para contratar el servicio.

—Bueno, tampoco firmé nada.

—No es necesario firmar para contratar el servicio.

—¿Y entonces?

—Lo habitual es inscribirse por internet.

—Le repito que yo no me inscribí.

—Efectivamente lo ha hecho. Si no, sus datos no aparecerían acá.

—¿Mis datos? ¿Qué datos?

—Los que llenó en el formulario.

—¡No llené ningún formulario!

—Debe estar confundida. Es imposible que tengamos sus datos si no nos los proporcionó usted.

—Los deben tener por error.

—No cometemos errores.

—Bueno, siempre hay una primera vez.

—No para nosotros, Antonia.

—Deje de decir mi nombre. Me da miedo. ¡Los voy a denunciar!

—No puede hacerlo.

—¿Por qué no?

—Porque así lo dispuso el contrato que usted aceptó. Seriedad y discreción, no lo olvide.

—Por enésima vez, ¡no acepté ningún contrato!

—Parece que no me está entendiendo. Usted aceptó un contrato. Por eso la estoy llamando. El servicio se concretará en una hora a partir de que finalicemos la llamada.

—¡Yo no quiero ese servicio! ¡Voy a cortar!

—Está bien. Recuerde que después de cortar, tendrá una hora para realizar los preparativos.

—¿Qué preparativos?

—Los que usted considere necesarios.

—¿Necesario para qué?

—Eso depende de lo que usted quiera dejar después de que se haya ido.

—¿Irme? ¿A dónde?

—A ver… Acá indica que usted es católica. Así que se iría al cielo.

—¡¿Qué me está diciendo?!

—Antonia, no se exaspere. ¿Quiere que le explique lo que es una eutanasia?

—¡Sé lo que es! Pero yo no la necesito, no estoy enferma ni nada de eso.

—Estar enferma no es requerimiento para nuestro servicio.

—Un servicio que no contraté.

—¿Tengo que explicarle eso de nuevo?

—No me explicaste nada. ¿De qué trata el servicio exactamente?

—Es simple. Terminamos con su vida.

—Yo no quiero terminar con mi vida.

—No es la primera persona que lo dice después de contratarnos. Pero el contrato es claro: el servicio es irrevocable. No podemos darnos el lujo de dejar cabos sueltos. Usted nos contrató, nosotros cumplimos.

—¡Voy a llamar a la policía!

—No se lo recomiendo. Recuerde el contrato.

—¡Es que no he leído ningún contrato!

—Muy irresponsable de su parte. La policía no puede hacer nada al respecto. Recuerde: somos discretos.

—Quiero anular el servicio. ¡Tengo derechos!

—Se lo digo por última vez: es irrevocable. Apenas finalicemos esta llamada, tendrá una hora hasta que la visite nuestro técnico.

—¿Técnico? ¡Será un sicario!

—Preferimos el término “técnico”.

—¡Ustedes son unos criminales!

—Somos asistentes.

—Si no ayudan a nadie…

—Ayudamos a las personas que quieren terminar con su vida, pero no se atreven a hacerlo por cuenta propia.

—¡Las asesinan!

—Por expreso deseo de ellas.

—Yo no he expresado ningún deseo.

—Bueno, Antonia, este llamado está durando más de lo necesario. ¿Alguna pregunta más?

—Sí. ¡Por qué no te vas a la puta que te parió!

Antonia cuelga el teléfono.

Silencio. Durante cinco minutos, solo silencio. Antonia, sentada junto al teléfono, mira el reloj de pared. Las once y cuarto. Y veinte. Y veinticinco. Se para, se dirige al baño y se da una ducha. Al salir, vuelve a mirar el reloj. Once y cincuenta. Calcula: veinte minutos. Se viste con un vestido de novia. Va a la cocina, saca una gran torta de la heladera y la deja sobre la mesada. Mira nuevamente el reloj. Calcula: once minutos. Entra a su habitación y sale de ella con una hoja de papel y una birome. Se sienta en la mesa del comedor. Escribe.

Laura, lo siento mucho. No puedo seguir con esto. No me quedan fuerzas para luchar. Mejor parto ahora, antes de que esta maldita enfermedad me ate a la cama y tengas que atenderme como si fuera un bebé. Lo he pensado mucho y creo que es lo mejor. No te preocupes por mí. Contraté una empresa que se encarga de estas cosas. No sufrí. Te mentiría si dijera que no tuve miedo. Hasta recién, quise cancelar el servicio. Pero no son ningunos tontos. Sabían que dudaría en los últimos momentos de mi vida. Qué querés que te diga, es una empresa seria. Y discreta, así que no intentes rastrearla. No hace falta. Lo hicieron con mi total consentimiento. Bueno, ya casi es la hora. Me despido. Perdón por arruinarte el día. Te dejé torta en la cocina.

Siempre tuya, Antonia.

Suena el timbre. Antonia atiende.

 


Podés leer otros cuentos que he escrito los viernes haciendo clic acá.

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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. Fotógrafo aficionado y pésimo ukelelista. A veces hablo en serio.

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