Publicado en Cuentos

Todos estamos solos

Desde que el sol se apagó, la vida humana en la Tierra se ha recluido en pequeños edificios celulares que se asemejan a las antiguas casas familiares, aunque con sustanciales diferencias. Estas unidades cuentan solo con un estudio, dos habitaciones y un baño, y se encuentran selladas casi por completo, aunque conectadas entre sí por pequeños y grandes tubos de acero. El contacto con el medio externo es nulo: no hay ventanas, ni puertas, ni ningún otro tipo de salida al exterior. Sin embargo, los tubos de acero permiten un cierto tipo de intercomunicación con otros de estos edificios, popularmente llamados células de trabajo.

 

Acto I: la sociedad

Cada unidad alberga a una familia de trabajo, compuesta por cuatro unidades de trabajo: un padre, una madre, un hijo y una hija. La vida de estos cuatro es bastante monótona. Un reloj en cada una de las habitaciones marca meticulosamente el cronograma de actividades diarias. A las 00, suena la primera alarma del día para que la familia despierte. Madre y padre duermen en una habitación; hija e hijo en la otra. A partir de ese aviso, tienen treinta minutos para asearse en el único baño de la célula. Una vez limpios, los cuatro tienen que dirigirse al estudio y sentarse cada uno frente a una computadora. En ese momento, el reloj marca el inicio de la siguiente actividad.

Los ordenadores se encienden automáticamente. Durante las próximas dos horas, cada uno verá en su monitor un documental que les recuerda por qué están allí encerrados. Comienza contando cómo ocurrió el Gran Apagón. «Los humanos, en su sed de conquistar las incontenibles fuerzas del Universo —dice el narrador del documental—, quisieron arrebatarle una parte de su poder al Sol. Sin embargo, en su infinita estupidez, el ser humano terminó por quitarle toda la energía con la que contaba. El Sol se apagó para siempre y nunca más podría volver a encenderse. El Astro Rey había sido asesinado».

La historia narrada continúa explicando cómo la energía de la estrella se perdió en el inhóspito vacío espacial y cómo la Tierra se congeló de un día al otro. Excepto quizás por algunas formas de vida unicelular, con toda probabilidad la biósfera en el planeta se extinguió por completo. Solo sobrevivieron aquellos humanos inteligentes que supieron prever lo que pasaría y adquirieron por precaución una de las células construidas y puestas en funcionamiento por NextCompany.

El documental continúa explicando que ya mucho tiempo ha pasado desde el Gran Apagón y cerca de doce generaciones se han sucedido. Aprovecha este momento para dar un pequeño recordatorio a la familia sobre cómo se han de producir las siguientes generaciones: en ciertos momentos de sus vidas, llegará un extractor por uno de los tubos de acero. Eso será señal para que el padre fecunde a la madre y, dos días después, el primero utilice el extractor para obtener el óvulo ya fecundado y enviarlo por uno de los tubos de acero.

Cuando padre y madre ya hayan cumplido con cierta cuota de fecundaciones exitosas, entonces llegará por uno de los tubos un par de inyecciones y con ellas deberán quitarse la vida. Una vez fallecidos, hijo e hija, ahora ya grandes, deberán enviar sus cuerpos por uno de los tubos grandes. Al otro día, llegarán envasados un niño y una niña nuevos, quienes pasarán a ser los nuevos hijo e hija. Los anteriores serán ahora reasignados como padre y madre. «El suicidio de padre y madre es un acto que puede generar cierto temor, pero es necesario para que nuevas generaciones puedan seguir viviendo, creciendo y desarrollándose», explica el narrador. «Es la muerte dándole lugar a la vida».

Finalmente, el documental detalla cómo debe continuar el día para las unidades de trabajo. En un principio, tienen quince minutos para retirar los sueros que les llegarán por los tubos al finalizar el documental e instalarlos cada uno al lado de su computadora. Luego, deberán inyectárselos y la dosis continua del mismo a lo largo del día es todo lo que necesitan consumir para vivir. Pasarán las siguientes dos horas estudiando en la computadora y el resto de las horas trabajando, aplicando lo aprendido durante los últimos días. «La educación abre la mente. El trabajo la ejercita. Ambas actividades son fundamentales para que, en esta situación crítica, el ser humano no pierda su racionalidad».

Los temas de estudio y tipos de trabajos son variados: corrección de producciones académicas y literarias, búsqueda de bibliografía en la red, traducciones de textos, realización de diversos cálculos matemáticos y financieros, clasificación de información, jerarquización de contenido multimedial y un largo etcétera. Las unidades de trabajo deben suplir cierta cuota mínima para asegurarse de ser recompensados con una bolsa de suero al día siguiente.

Terminado el trabajo, los relojes de la célula sonarán y las unidades deberán dormir cuatro horas hasta comenzar el nuevo día de trabajo. Más horas no son necesarias gracias a los preciados beneficios nutricionales que tiene el suero. Lo último que menciona el documental: «recuerden que no consumir el suero durante un día provocará la muerte del individuo».

 

Acto II: el individuo

Suena la alarma e hija se levanta. Hijo se levantó más rápido, así que él se aseará primero. Luego le tocará a ella. Finalmente se turnarán padre y madre. Una vez higienizada, se dirige al estudio y se sienta frente a su computadora. Ve un documental de dos horas que le explica qué hace allí y qué debe hacer. Cuando termina, se dirige hacia la pared donde se conectan los tubos de acero y toma allí la bolsa de suero que le corresponde. Vuelve a su computadora, se inyecta el suero y comienza a estudiar y trabajar.

Después de algunas horas, se desconecta el suero, se levanta y va al baño. Mientras orina, una pequeña idea cruza por su cabeza. No se la esperaba, ni siquiera sabe qué es una idea, pues nunca ha tenido una. Por las dudas, ante el temor a lo desconocido, la deja pasar. La olvida. Termina de hacer sus necesidades y vuelve al trabajo.

Al cabo de un rato, hija ve que padre se levanta de su computadora, toma el atril que sostiene el suero y se lo lleva consigo al baño. Unos minutos después, lo ve volver y sentarse nuevamente en su computadora. La idea otra vez está en la cabeza de hija, pero ahora no puede olvidarla. Acaba de confirmar lo que sospechó en el baño. Se pone nerviosa; espera que nadie haya notado que se desconectó el suero para ir al baño. No sabe por qué lo hizo. Observa a su alrededor, pero nadie se fija en ella. El error debe haber pasado desapercibido.

Sin embargo, otra idea viene a su cabeza. El suero siempre se administra dosificado de tal forma que cubre exactamente las horas de trabajo. Nunca sobran más que algunas gotas. Pero ahora sobrará lo que no ha consumido al ir al baño y teme que padre, madre o hijo lo noten. Seguro lo notarán. Decide, por el momento, no preocuparse y concentrarse en el trabajo. Lo resolverá cuando llegue el momento.

Una vez cumplido el horario laboral, la familia debe desechar las bolsas vacías del suero en uno de los tubos de acero. Hija espera unos segundos para que el resto las deseche primero. Luego, toma la suya y rápidamente la descarta en el tubo. Nadie nota nada. Contenta por esto, hija se va a dormir al igual que los demás.

Al otro día, suena la alarma. Madre se levanta, hijo se levanta, padre se levanta. Hija sigue durmiendo. La familia parece un poco preocupada, pero no hace nada al respecto. Madre entra al baño para asearse. Padre e hijo cruzan miradas, ambos tienen las mismas preguntas y ninguna respuesta. A las 00:10, mientras padre se asea, hija se despierta. Al ver el reloj, se da cuenta de lo que ha pasado. Hijo la está mirando.

—¿No sonó la alarma?

—Sí, sonó. A las 00, como siempre.

—Qué raro, no la oí.

—Sí, raro.

El silencio incómodo se rompe cuando padre sale del baño. Hijo enseguida lo reemplaza. Cuando este sale, hija entra. Minutos después, ya están todos en sus computadoras viendo el documental. El día transcurre con la misma monotonía de siempre; nadie hace mención de lo ocurrido.

Cuando a hija le dan ganas de ir al baño, se dispone a tomar el atril, pero lo piensa un poco. Ir sin él fue mucho más cómodo. Quizás no es mala idea sacarse el suero para orinar. Se desprende la aguja y esta vez toda la familia la ve. Nadie dice nada. Ella se va al baño.

Siguen pasando los días e hija se ha acostumbrado a quitarse el suero para ir al baño, bajo la mirada acusadora de los demás. Dos cosas han cambiado en su rutina: se despierta entre cinco y diez minutos más tarde y se acuesta un par de minutos antes que los demás. El resto de las cosas sigue igual durante algunos meses.

 

Acto III: la revolución

El mundo de hija está a punto de cambiar. Ahora se encuentra en el baño, sin el suero, y todo parece que seguirá igual que siempre. Sin embargo, al volver a su computadora, se olvida de conectar el suero. Pasan cerca de media hora hasta que hijo lo nota y le avisa a los gritos. Desesperada, hija se inserta la aguja.

Al finalizar la jornada, hijo e hija se cruzan junto al tubo de acero, cuando están desechando las bolsas. Él la mira a ella y la interpela:

—¿Te vas a morir?

—No sé, pero…

—¿Pero?

—Pero tal vez no sería malo morir.

—Me dejarías solo cuando padre y madre mueran.

—De todas formas, acá siempre estamos solos.

Al otro día, hija se despierta una hora tarde. La familia está mirando el documental. Hija no sabe si asearse o ir a ver el documental. Nunca había habido tal grado de desorganización en su vida. Opta por bañarse. Al fin y al cabo, ya sé qué pasa en el documental.

Se toma su tiempo para el aseo. Cuando sale, la familia ya está terminando de ver el documental. Hija espera al resto junto a los tubos de acero. Nadie le dice nada. Hijo parece querer preguntarle algo, pero a último momento decide permanecer callado. Toma cada uno su suero y se sientan frente a sus ordenadores.

Esta vez, hija lo piensa un rato antes de inyectarse el suero. Mejor, espero hasta después de estudiar. Antes de ponerse a trabajar, ya se encuentra conectada a la bolsa de suero. Pasa el día. Una hora antes de lo habitual, hija ya se siente cansada. Mira la bolsa y nota que resta casi un cuarto del líquido. Se quita la aguja, desecha el suero en el tubo y se va a dormir, ante la mirada incrédula de su familia.

Es la jornada siguiente e hija se despierta dos horas después que el resto. Por lo menos no tengo que ver ese aburrido documental. Hoy decide no bañarse. Piensa que no es necesario, ya se bañó el día anterior y no ha hecho nada que la ensucie. Se sienta en la computadora y no toma la bolsa de su suero hasta dos horas después de haber estado trabajando. Se levanta de la computadora muy temprano, cuando aún queda media bolsa llena. Desecha a esta en el tubo y se va a dormir. Mientras su familia aún está trabajando, ella, por primera vez en toda su vida, sueña.

El sueño es confuso al principio. Hay dos figuras que se parecen a padre y a madre durmiendo en una cama. Luego, un apagón: todo se vuelve oscuro y no ve nada ni nadie a su alrededor. Oye ruido de teclas. Cada vez más fuerte, hasta que la aturden y, de pronto, cesan. La luz vuelve y ve a hijo, sentado al lado de los tubos, moviendo la boca. Se escucha que susurra algo: «¿Te vas a morir?». Hija camina hacia él, pero antes de alcanzarlo, le llama la atención una luz que proviene desde los tubos. El brillo de esta luminiscencia aumenta hasta el punto de que no puede abrir los ojos y, en ese momento exacto, despierta.

Mira el reloj. Son las 8. Se dirige a toda prisa hasta el escritorio. La familia la mira. Madre le habla:

—Creímos que habías muerto.

—Parece que no.

Parece que hijo va a comentar algo, pero nuevamente permanece callado. Hija mira los tubos.

—Sí, tu suero todavía está ahí —menciona padre.

—Gracias, pero no me interesa.

Camina de prisa hacia los tubos. Se trepa a uno de los grandes, en donde debería desechar los cuerpos de madre y padre cuando muriesen, y comienza a arrastrarse a través de él. Gatea durante horas, pero no llega a ningún lugar. Cuando ya no da más, piensa que quizás debería dar marcha atrás, volver a la célula, consumir el suero, volver a la normalidad. Algo la detiene. Qué sentido tendría hacer eso. Se deja vencer por el cansancio y se duerme.

Despierta muchas horas después. Recostada allí, siente miedo, frustración, tristeza. Nunca había sentido estas cosas. Comienza a patear las paredes del tubo con bronca, desesperación, esperanza. Tampoco ha sentido algo de esto antes. La pared cede y ella cae. Es apenas un instante, pero por su mente pasan un montón de cosas. Recuerda, durante esas milésimas de segundos, el documental de principio a fin. Recuerda, entonces, el Gran Apagón. Recuerda lo que sabe: la Tierra está helada y morirá inmediatamente congelada. Así acaba esto, entonces. Cierra los ojos e inhala el aire con todas sus fuerzas.

Cae y golpea contra el suelo. La caída no ha sido mayor a un metro. Se queda allí tirada, sin soltar el aire en sus pulmones, esperando el congelamiento súbito, pero este nunca no llega. Siente una textura extraña en la palma de su mano. No reconoce qué es hasta abrir los ojos y ver eso que hasta entonces solo había visto por imágenes en su computadora: es pasto. Enseguida levanta la mirada hacia el cielo. Es de día. El sol brilla en todo su esplendor. Exhala.

 


Podés leer otros cuentos que he escrito los viernes haciendo clic acá.

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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. Fotógrafo aficionado y pésimo ukelelista. A veces hablo en serio.

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