Publicado en Cuentos

Las cosas que desaparecen

Todo comenzó un martes por la madrugada y Vanina ni siquiera lo notó. Era tarde, estaba estudiando para un parcial y se había hecho un café para desafiar al sueño. Cuando quiso ponerle azúcar, se dio cuenta que no tenía la cuchara. «Seguro me la olvidé en la cocina», pensó, pero se equivocaba. La cuchara simplemente había desaparecido.

Otros objetos se desvanecieron también durante los siguientes días. Sin embargo, eran cosas tan prescindibles, tan repetidas, tan poco únicas, que su ausencia poco se hacía notar. El miércoles desapareció un tornillo del escritorio donde Vanina solía estudiar, el jueves se ausentó un jabón, el viernes fue el turno de un dulce que descansaba en una caramelera y de una hoja con apuntes de Derecho penal del año anterior. Nada de esto notó Vanina, concentrada en sus estudios.

Llegado el fin de semana, las desapariciones comenzaron a acentuarse. Durante la mañana del sábado, una media se esfumó del armario de Vanina. Al mediodía, faltaba un mantel y la joven estudiante no lo encontró por ningún lugar. Cuando atardeció, el paradero del control remoto era un misterio, aunque Vanina no lo notó porque estaba estudiando y no había sentido necesidad de perder tiempo con la televisión.

Al ponerse a cocinar el domingo, a Vanina le pareció que faltaba una cacerola, pero se convenció de que se la había llevado su padre la semana anterior. Eso le recordó que el jueves había quedado en llamarlo, pero no lo había hecho. «Más tarde lo hago», se prometió. Mientras cocinaba, tampoco encontró el salero, así que tuvo que comer los fideos sin sal. Y sin pan, puesto que había olvidado comprarlo.

Malhumorada por estos hechos, apenas terminó de almorzar quiso acostarse a dormir una siesta y allí se encontró con que faltaba su almohadón favorito. Era el único regalo que se había dejado de todos los que le había hecho su ex. Un poco a modo de recuerdo de tiempos mejores, otro poco porque era realmente cómodo y combinaba con su habitación.

La situación se agravó cuando despertó y faltaba una de las pantuflas que había dejado justo al lado de la cama antes de acostarse. Sintió un poco de miedo durante unos segundos al pensar que alguien se había metido en su casa para llevarse estas cosas, pero descartó la idea enseguida al considerar que nadie en su sano juicio se robaría solo una de dos pantuflas.

El misterio permaneció irresoluto durante el resto del día. Los objetos seguían desapareciendo y la frustración de Vanina seguía incrementándose a medida que notaba algunas de las inentendibles ausencias. No pudo continuar sus resúmenes con el mismo código de colores que estaba usando porque el resaltador violeta no estaba en su cartuchera. Además, tuvo que reponer el dentífrico que también había desaparecido y en la noche debió servirse agua en una copa porque en la alacena no quedaban vasos.

El lunes despertó con frío: la frazada se había sumado a los objetos desvanecidos. «Qué manera de empezar la semana». Para colmo, no sería una semana fácil: un examen final estaba programado para el viernes. «No tengo tiempo para preocuparme por estas cosas», pensó Vanina, y concluyó: «así como desaparecieron, en algún momento van a volver a aparecer».

Durante la mañana estuvo en la facultad. Allí se juntó con su compañera y amiga Florencia para repasar algunos contenidos que serían evaluados en el examen.

—Vani, ¿por qué no fuiste al cumple del Javi el sábado?

—Estaba ocupada, Flor. Sabés que tenemos este examen.

—Sí, Vani, pero ya habíamos dejado todo estudiado la semana pasada.

—Ya lo sé, pero tenía que repasar algunas cosas. No podía perder tiempo con eso.

—Bueno. Es que como era el cumple justamente de Javi, creí que ibas a ir.

—¿Por qué lo decís?

—Dale, no te hagás la desentendida. Si sabés que le gustás. Y a vos también te gusta. Estaba muy triste cuando vio que no llegabas.

—No me gusta. O sí, un poco, pero sabés que no tengo tiempo para esas cosas.

—No tenés tiempo para nada, vos.

Literalmente, Vanina no tenía tiempo: cuando volvió a su departamento, el reloj de pared había desaparecido. Junto con él, dos sillas, la licuadora, el conjunto completo de cuchillos, tres portarretratos y el perchero de su habitación también se habían esfumado. Asumiendo que nada podía hacer para resolver la situación, la ignoró y se puso a estudiar.

Al día siguiente, fue difícil cocinar milanesas ante la ausencia de la sartén, del aceite e, incluso, de la bolsa de pan rallado. Vanina se limitó a comer un sándwich y luego se dispuso a seguir con los estudios. Mientras lo hacía, desapareció la silla sobre la que se encontraba sentada y se dio un golpazo contra el suelo. Lanzó al aire una serie de insultos irrepetibles. Enojada, pero no vencida, siguió estudiando de pie. Se quiso hacer unos mates para cambiar el humor, pero no tenía mate. Así que tuvo que improvisarlo en una taza y con agua tibia, porque mientras calentaba el agua en la pava eléctrica, desapareció la zapatilla en donde esta iba necesariamente enchufada.

El miércoles la situación habría sido insoportable para cualquiera. La mesa, las sillas restantes, el sofá, la mesada de la cocina, la mitad de la alacena y el lavamanos ya no estaban. Sin embargo, para Vanina todo esto pasaba a un segundo plano, ya que se encontraba enfocada en el estudio. «Al menos sigue acá el inodoro», se consoló

A la tarde recordó que nunca había llamado a su padre, así que decidió enmendar la situación. Pensó que, si le comentaba los recientes sucesos, él quizás podría ayudarla. Sin embargo, al buscar el celular que había dejado más temprano sobre la cama, descubrió que ni esta ni aquel estaban. Su pieza era un gran cubo vacío, en el que solo había una sábana y algunas prendas de ropa tiradas en el piso.

Debió bañarse con agua fría, pues el calefón ya no estaba, y al pelo se lo lavó con jabón blanco ante la falta de shampoo. La heladera se desvaneció mientras se aseaba y ante la ausencia de medios para pedir comida por delivery, su cena se redujo a un paquete de bizcochos, los cuales comió con gusto mientras seguía estudiando. A la noche durmió vestida en el piso, envuelta en la sábana y utilizando un pantalón como almohada.

El día jueves, la ausencia material dentro del departamento era casi total. Apenas quedaban algunos de los apuntes que necesitaba para estudiar, el televisor colgado en la pared, un lápiz negro 2B y algunos otros elementos inútiles para la situación como un sacacorchos, un peine y un libro de Kafka. Agradecida por la presencia de los apuntes, se puso a estudiar. Los leyó hasta que la luz del día se lo permitió, puesto que tampoco quedaban lámparas ni focos.

Cuando la oscuridad imposibilitó el estudio, decidió encender el televisor e iluminarse con el destello que desprendía de la pantalla. Siguió repasando los apuntes hasta que estos desaparecieron frente a sus ojos. Ya sin material para estudiar, se sentó en el piso y se puso a ver la televisión. Estaban pasando un dibujo animado estadounidense que nunca había visto. Para cambiar de canal, debía pararse e ir hasta el artefacto, pero estaba cansada y realmente le daba lo mismo un programa u otro. Dejó los dibujo. «Despejarme un poco no viene mal», y se dejó seducir por los chistes que hacían los personajes. Se rió a carcajadas más de una vez. Permaneció viendo aquellos dibujos animados desde el suelo hasta quedarse dormida.

Despertó al otro día bastante exaltada. No tenía forma de saber la hora y creyó que se le había pasado el horario del examen. Con la ropa que tenía puesta, quiso salir a la calle, pero no tenía llave para abrir la puerta. Desesperada, salió por la ventana hasta la terraza, desde allí saltó a un toldo del edificio vecino y a partir de ahí pudo bajar hasta la calle. Le preguntó la hora al primer transeúnte que se cruzó y se tranquilizó al saber que estaba a tiempo para rendir el examen.

Subió al transporte público y le pidió amablemente a una señora que le pagara el pasaje. Ya en la facultad, Florencia le prestó hojas y una lapicera para poder rendir. Terminado el examen, su amiga la llevó de regreso. Allí, debió pedirle al portero que le abriera la puerta del departamento. Después de agradecerle, ingresó y se llevó una hermosa sorpresa.

Todos los objetos estaban allí. Rápidamente fue a su habitación, a la cocina y al baño para chequear. Muebles, ropa, comida y objetos para la higiene estaban en el lugar que les correspondía, como si nunca se hubieran ido. La cama completa, el par de pantuflas, el reloj y su tic tac, el mate… Absolutamente todo estaba de regreso.

Cuando volvió al comedor, oyó que desde su habitación salía música. Caminó hasta allí y vio que provenía de su celular. Estaba sonando. Al ver la pantalla, vio que su padre la estaba llamando.

—¡Hola, Nini! ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue en el examen?

—¡Hola, pa! Me fue muy bien. Era fácil. No sé cómo te acordaste, pero ¡gracias por preguntar!

—¡Cómo no me voy a acordar! Estos días no te llamé porque sé cómo te ponés cuando estudiás y no te quería molestar.

—Bueno, pa. Gracias. Y gracias por llamar hoy.

Una vez finalizada la llamada, la ahora alegre joven llenó sus pulmones de aire. Sin embargo, justo antes de poder exhalarlo en un profundo y relajado suspiro, Vanina desapareció.

 


Podés leer más cuentos que he publicado los días viernes haciendo clic acá.

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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. Fotógrafo aficionado y pésimo ukelelista. A veces hablo en serio.

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