Publicado en Cuentos

Héctor tiene hambre

A Héctor le encanta comer. Ninguna miga queda en su plato cuando ha terminado el sándwich, ni una gota de tuco cuando ha concluido con las pastas. Al salir a cenar con sus amigos, les pide cordialmente las sobras y, en su casa, ningún alimento va a la basura. A Héctor le encanta comer, no le avergüenza y no lo disimula.

De la misma forma, ninguno de sus seres queridos lo critica. Al contrario, le acercan empáticos sus restos de comida.

De vez en cuando algún desconocido, no acostumbrado a sus manías fagocíticas, lo mira con cierta displicencia, con algo de asco y hasta con lástima. A Héctor poco le importa lo que piensen de él. Él es feliz comiendo. Cuando se cruza con algunas de estas personas, como mucho les dirige una mirada soberbia, como queriendo decirles “yo soy feliz comiendo, poco me importa lo que piensen de mí”.

La manía de este hombre, sin embargo, se ha alejado un poco del eje durante los últimos días. Todo empezó un día que, terminada su cena y su respectivo postre, continuó teniendo hambre. Fue una experiencia rara para él: aunque de comidas abundantes, la satisfacción siempre era absoluta. Nunca había sentido espacio en su estómago tras el último bocado. Sin embargo, y como acaba de ser narrado, esta vez fue diferente.

El hambre que sobrevino al finalizar la cena le reclamó primero unas galletas. Una, dos, tres, todo el paquete. Pero seguía teniendo espacio para algo más. Fue a la heladera. Un alfajor y después otro. El hambre continuaba; Héctor se sentía famélico. Siguió con unas rebanadas de pan lactal, se cocinó un par de salchichas y terminó haciendo un huevo frito. «Con esto voy a sentirme satisfecho, de una vez por todas». No fue así.

Siguió hasta vaciar la heladera y las dos alacenas. Contempló la idea de ir a comprar algo más para comer, pero ya eran las cuatro de la madrugada y ningún local cercano estaría abierto. La desesperación le ganó y este fue el momento en el que todo cambió: arrancó un pliegue de papel higiénico y se lo llevó a la boca.

La textura no le resultó extraña; de chico solía armar bolitas de papel para escupirlas a través de sorbetes junto a sus amigos. Sin embargo, la bolita no sería escupida ahora. Al contrario, debía tragarla. Y la tragó. Creyó que costaría más, pero, de hecho, fue realmente fácil. El hambre, por su parte, seguía revolviéndole las tripas. «Quizás otra hoja más». Terminó por devorarse el rollo completo, pero seguía hambriento.

Entonces se le ocurrió seguir con el dentífrico. «Tendría que haber empezado por esto». Creyó que sería fácil comerlo, pero al segundo bocado sintió cómo la pasta dental se le agolpaba en cada resquicio de la boca. El sabor a menta y flúor era vomitivo. Continuó, ya no podía detenerse.

Héctor no entendía qué estaba pasando, cómo podía sentir tanto hambre después de todo lo que había comido. «Quizás con algo más sólido», se dijo, justo antes de tragarse un jabón. Nada en el baño lograba llenarlo.

La gula continuaba sin tregua. Entonces extremó medidas. Pensó que, si comía algo desagradable, su cuerpo no lo resistiría y ahí terminaría el deseo alimenticio. Se echó naftalinas en la lengua y la movió sin dudarlo para tragarlas rápidamente. Pasaron sin problemas. Apenas un murmullo nació desde los jugos gástricos, pero la sensación de vacío no se apaciguó.

A partir de acá, la situación se vuelve todavía más extraña. Desesperado por lo que padecía, comenzó a comer cualquier cosa con la que se cruzaba: un paquete de algodón, un guante, una parte de un almohadón, una vela. Y continuó con objetos cada vez más imposibles e increíbles: una cuchara, una zapatilla, un cenicero, el mouse de su computadora.

Héctor no lo notaba, pero, a medida que comía, su cuerpo se incrementaba de tamaño, sus dientes se endurecían, su lengua se fortalecía. Con cada bocado, su organismo estaba más preparado para ingerir el siguiente alimento. Cuando terminó de comerse todo objeto existente en su casa, su tamaño corporal ocupaba la mitad del comedor. Aún con hambre, decidió masticar la pared.

De a poco, fue abriendo un agujero en el muro que separaba a la cocina del comedor. Siguió mordiendo y deglutiendo hasta que ambos ambientes se volvieron uno solo. Luego, devoró el resto de las paredes y, cuando su cuerpo ya no cabía en la casa, se comió también el techo.

Digerida la casa entera, continuó con la del vecino. De un solo bocado, se comió toda su cochera, con auto incluido. Cuando atacó al comedor, accidentalmente se comió al propio vecino. Pasó desapercibido para sus dientes, que masticaban una mezcla desabrida de madera, ladrillo y cemento. Pero al hacer el movimiento propio de la lengua para tragar, sintió el sabor a humano. Le encantó.

La policía no tardó en llegar, pero, para ese momento, el tamaño de Héctor era espectacularmente enorme. Le bastaba inhalar con fuerza para que personas, vehículos, perros, árboles y edificios fueran arrancados del suelo y volaran violentamente hasta sus fauces. En poco más de media hora, ya había devorado la ciudad completa.

Fuerzas militares de todo el mundo salieron disparadas hacia el encuentro de este abominable ser, pero él los alcanzó primero, ya que, en cuestión de minutos, su tamaño ya era el de un pequeño país. Ni las balas, los misiles o las bombas nucleares surtieron efecto. Le alcanzaba con abrir bien la boca y todo iba a parar a su sistema digestivo. Fue apenas un instante, y se comió el planeta Tierra.

Flotando libremente en el espacio, Héctor apuntó hacia los planetas menores. Venus, Mercurio, luego Marte. El tamaño de su cuerpo cobraba cada vez mayor tamaño. Con Júpiter necesitó varios bocados, pues esa masa gaseosa aún lo superaba con creces. Terminado el planeta gigante, devoró el resto de los cuerpos que conformaban el sistema. Los planetas, los asteroides y, finalmente, al Sol.

Teniendo ahora el tamaño de una estrella, se interesó por el resto de los astros de la galaxia. De a poco, la Vía Láctea fue perdiendo densidad al tiempo que Héctor se agigantaba. Una vez que llegó a su centro, se encontró con algo que no esperaba: un agujero negro.

Duelo de titanes entre el hoyo que hasta la luz se traga y Héctor, el devorador de estrellas. La tensión entre las fuerzas retumbó en todo el espacio visible, pero finalmente triunfó el devorador y tragó con gran gusto aquel agujero negro.

Insaciable, Héctor se comió las galaxias cercanas y, luego, también las lejanas. Al final, directamente se comía un cúmulo galáctico con cada bocado que daba. El espacio quedó vacío y oscuro, pero Héctor seguía flotando allí. Y tenía hambre.

Miró tentado sus pies y sus manos. Sin pensarlo dos veces, comenzó a masticarlos. Dolía bastante, sí, pero el placer de seguir introduciendo alimentos en su organismo era todavía mayor. Una vez que se quedó sin extremidades, se dobló de tal forma que comenzó a comer a su panza. Desaforado, contorsionado de formas inimaginables, devoró su cuerpo todo lo que pudo hasta morir.

Con el tiempo, las fuerzas que mantenían unido su cuerpo se vencieron y todo lo que había comido salió disparado en múltiples direcciones. Al pasar los años, siglos, eones, el universo tomó la forma con la que lo conocemos ahora.

Así se creó el mundo; así tal cual, como nos lo enseñaron en la escuela. Es por ello que en todos lados le profesamos indiscutible culto a Héctor y su hambre voraz. Siguiendo su ejemplo, entre hombres y mujeres nos devoramos, pero nunca nos sentimos llenos. Siempre queremos más.


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Recordá que todos los viernes publico uno.

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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. Fotógrafo aficionado y pésimo ukelelista. A veces hablo en serio.

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