Publicado en Cuentos

Dejar de vernos

—Creo que debemos dejar de vernos.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Pero yo te quiero.

—Y yo también te quiero a vos.

—¿Entonces?

—No alcanza con eso.

La medialuna se me quedó atragantada y tuve que meterle unos buenos mililitros de café para que terminara de pasar. De ninguna manera había previsto así la mañana del domingo cuando anoche lo invité a dormir. ¿Qué le pasa? ¿Por qué me sale con esto? No lo entiendo.

—Te entiendo.

—Mejor. Creí que iba a ser más difícil esto.

—Te entiendo, pero… ¿por qué querés que dejemos de vernos?

—No me entendés, entonces.

—Entiendo que con el amor no alcanza.

—Eso mismo.

—¿Y con qué sí alcanzaría?

—Ay, no sé por qué hacés todo tan complicado.

¿Yo hago las cosas complicadas? ¿Qué le pasa a este boludo? No puedo creer que me esté diciendo estas cosas. Pasamos una tarde espectacular. Le hice tremenda cena. Tremenda. Y mirá que yo poniéndome a cocinar… Y la noche. Ah, la noche… El mejor sexo de nuestras vidas. Pero ahora me sale con esto. Estoy atónito, indignado, incrédulo…

—Estoy confundido.

—¿Por qué?

—¿Cómo “por qué”? No puedo creer que me estés diciendo estas cosas. Pasamos una tarde espect…

—Pará, no empecés con esas recapitulaciones que no sirven de nada. Sí, ayer estuvo buena la salida. Sí, te esforzaste mucho en la cena. Y sí, el sexo fue bueno. Pero no sé, no da para más esto.

—Podés ser más claro.

—Es que no sé.

Que no sabe, me dice. Más imbécil no puede ser. Cómo me va a decir que terminemos con lo nuestro y no sabe por qué. No lo puedo creer. No puedo. Algo más debe haber. Algo que no me quiere decir. Debe haber sido la cena que no le gustó. Pero no es para tanto. O tal vez, el sexo. No, eso no puede ser. Si fue tremendo anoche. ¿Qué le pasa entonces? ¡Ah! ¿No será que…

—Hay otro, ¿no?

—¡Qué decís!

—Dale, es porque hay otro.

—¿Por qué decís eso?

—No encuentro otra explicación.

—Estás maquinando.

—Y sí, si no me explicás nada.

—Es que no hay nada que explicar.

—¿Cómo que no?

—No lo hay. Se acabó y listo.

—No se puede acabar así de la nada.

—Parece que sí.

—Entonces, ¿ya no me querés?

—Te dije que sí te quiero.

—Explicame, entonces.

—Es que…

—Es que… ¿qué?

—Hay otro.

Ah, no, ¡yo lo mato! El pelotudo me estaba mintiendo en la cara. Así que hay otro. Entonces, sí, tiene razón, no hay vuelta que darle. Se terminó todo. ¿Quién será el otro? Apuesto a que es Esteban. O, tal vez, Maxi. No, seguro que es Esteban. ¡Es el forro de Esteban!

—¿Es Esteban?

—No.

—¿Maxi?

—No.

—¿Quién es? ¿Yo lo conozco?

—Es Esteban.

Ahí va de nuevo, mintiéndome en la cara. Cómo puede ser tan salame este tipo. No lo soporto más. Que se calle ya. No entiendo cómo se digna a decirme estas cosas. Ni mirarme a los ojos puede.

—¡Mirame a los ojos cuando me hablás!

—Es que…

—¿Qué?

—No es Esteban.

—¿No es Esteban?

—No, bueno, sí. Sí es Esteban.

—¿Vos sos pelotudo?

—No, no sé. Tal vez. Puede ser que sí. Pero no es Esteban el problema.

—¿Y quién es?

—Vos.

¡¿Yo?! ¡¿Cómo puedo ser yo el problema?! Claramente el problema es él. Y el forro de Esteban. ¿Cuándo se vieron? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? Porque son unos forros. Qué viene a meterse Esteban cuando estaba todo tan bien. Cómo puede arruinarme así. No lo puedo creer. No lo puedo creer. No lo puedo creer.

—No lo puedo creer.

—Sí, ya lo veo…

—Encima te hacés el vivo.

—No, perdón. No era eso…

—¿Qué es, entonces?

—Es difícil de explicar.

—Intentalo.

—Es que…

—¿Qué? ¿Qué? ¡¿Qué?!

—Sos insoportable.

—¿Yo?

—Sí, quién más.

Él es insoportable, no yo. No entiendo cómo puede decirme estas cosas. Echarme la culpa a mí, con todo lo que hago para que estemos bien. Sin ir más lejos, la tarde de ayer en el parque fue idea mía. Yo lo invité, yo lo pasé a buscar, yo le presté la bici. Encima, me pinchó una goma el desgraciado. Y la cena, ¡la cena! Una preparación digna de un príncipe le hice. ¡Lo cara que me salió! Para colmo, el desagradecido de mierda dejó casi todo el plato. Ni hablar de la noche que pasamos. ¡Por Dios! Di todo de mí. Y sé que lo disfrutó, se le notaba en la cara. En serio, no entiendo cómo puede decirme estas cosas.

—Exijo que me expliqués.

—¿Que te explique qué?

—Más inútil no podés ser, ¿no? Explicame por qué me decís todas estas cosas.

—Bueno, a ver. No voy a empezar a enlistar todo lo malo.

—¿”Todo lo malo”?

—A ver… Para no complicarla, miremos lo que hicimos ayer.

—Fuimos al parque.

—Sí, pero antes de eso.

—¿Antes de eso? No hicimos nada.

—Sí, me mandaste unos mensajes para que nos viéramos

—Ah, sí, te mandé un mensajito.

—¿Uno? Me mandaste treinta y cuatro mensajes, Marcelo.

—Estás exagerando.

—No estoy exagerando.

—Bueno, es que no contestabas.

—Estaba durmiendo la siesta. Estaba durmiendo. ¡Treinta y cuatro mensajes!

—Tal vez se me pasó la mano un poco. Pero unos mensajitos no son razón para que terminemos con lo nuestro.

—¿Lo “nuestro”? Nos conocemos hace tres semanas.

—Sí, ja, ja. Pero fueron días muy intensos.

—Vos sos el intenso.

—Che, por unos mensajes te vas a poner así.

—No son solo los mensajes.

—¿Qué más?

—Después, me viniste a buscar.

—Sí. De nada.

—¿”De nada”? Llegaste más temprano de lo pactado y empezaste a tocar bocina como un loco. Y después le diste al timbre una y otra vez.

—Es que no salías. Tal vez había pasado algo.

—Me estaba bañando. ¡Bañando! ¡Porque llegaste una hora antes!

—Uh, ahora resulta que la puntualidad es algo malo.

—Eso no es ser puntual, es ser un pesado.

—Bue, bue… ¿Solo por esas cositas te ponés así?

—Primero, no son “cositas”. Segundo, después estuviste mucho peor.

—¿Cuándo?

—Cuando se me pinchó la rueda de la bici, por ejemplo.

—Te dije que te perdonaba.

—Ah, no te la puedo creer.

—¿Por qué lo decís?

—Me cobraste el arreglo de la rueda, Marcelo. La rueda que se pinchó porque me obligaste a pasar por un camino por el que no quería ir.

—Es que está todo caro. Y la pinchaste vos, además.

—Y después la cena.

—De la cena no te podés quejar.

—¿No me puedo quejar? Te dije mil veces que soy alérgico al yodo.

—¿Y qué tiene?

—Preparaste una cena de mariscos. Mariscos, mar, yodo…

—No lo sabía.

—Está bien, eso puede ser que se te haya pasado. Pero te enojaste cuando dejé la comida y no me quisiste convidar helado por haber dejado el plato lleno.

—Si no censate, ¿por qué te correspondería postre?

—¡Ay! Sos insoportable. Y después, a la noche…

—Ah, no, del sexo te prohíbo quejarte. Fue espectacular.

—Fue bueno las primeras dos o tres veces. Pero después, ¡por Dios! Te dije que no quería más y seguías insistiendo.

—Querías más, se notaba en tu cara de placer.

—¿Mi cara de placer? Mi cara era de cansancio. De terrible cansancio. Primero, me hiciste caminar como loco con la bicicleta con la rueda pinchada. Después, estaba muerto de hambre porque ni pan me diste. Ya está, no quiero verte más.

Y yo tampoco quiero verlo más a él. Insoportable. No puedo creer que me salga con estas cosas después de todo lo lindo que hemos vivido juntos. Increíble. Qué ser tan detestable. No puedo soportar verle la cara ni un segundo más.

—Andate. Ya.

—Sos insoportable. Chau.

Al fin se fue este imbécil. Estoy anonadado. Esa es la palabra: anonadado. Aunque tal vez fui muy prepotente. Sí, tal vez me excedí un poco. Uh, definitivamente me excedí. Mejor le mando un mensaje. Sí, creo que es una buena idea.

perdon

posta perdoname

fue sin qerer

soy un boludo

postaaaaa perdon

perdon

eu

stas?

volve

eu

contstame

perdon

dale contsta

perdon

perdon

perdon

bue

sabes q

andate a la mierda

no te quiero ver nunk mas

 


Estoy retomando la publicación de los “Cuentos de viernes”. Este es el tercero de esta nueva temporada. Podés leer el resto de los relatos haciendo clic acá.

¿Te gustó este cuento? Espero tus comentarios.

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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. Fotógrafo aficionado y pésimo ukelelista. A veces hablo en serio.

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