Publicado en Cuentos

Obra maestra

Eduardo acaba de terminar la que él llama su “obra maestra”. Luego de concebir una primera idea que daría el puntapié inicial al proceso creativo para su elaboración, pasó un par años perfeccionando mentalmente lo que terminaría por plasmar en el lienzo. Una vez memorizado el lugar exacto de cada gota que allí derramaría, pasó catorce años y medio más realizando incontables esbozos. A continuación, la ejecución de la pintura demoró casi cinco décadas. Como esta sería su obra maestra, no podía dejar ningún detalle librado al azar. Por tal razón, pintó apenas dos o tres pinceladas por día, a fin de no cometer error alguno. Cuando concluyó su trabajo, caminó doce pasos hacia atrás, la contempló unos minutos aguantando la respiración y cuando no pudo retener más tiempo el aire, finalmente exhaló suavemente mientras pronunciaba las palabras “mi”, “obra” y “maestra”.

Una lágrima cayó por la mejilla de Eduardo. Luego de secarla con el puño de su guardapolvo, miró la mesa sobre la que se encontraba depositado su celular. Pensó que debería llamar a su representante lo antes posible, pero su cuerpo no respondía ante esta pretensión. Algo malo sucedía con esa idea. ¿Acaso no debería llamarlo ya? Después de tantos años de promesas y esperanzas, el trabajo por fin había sido terminado y estaba listo para ser presentado ante el mundo. ¿Quería Eduardo que la obra fuera presentada ante los ojos expectantes del público que durante largo tiempo lo había aguardado? Por supuesto que sí. Sin embargo, su cuerpo no respondía. «Algo anda mal», se dijo. «Algo anda mal y no sé qué es».

Miró la obra nuevamente. Treinta metros cuadrados de pura perfección. Observarla sin detenerse, con una mirada ligera y veloz, demandaba, aunque sea, un par de segundos. Incluso con ese golpe de vista, con esos dos o tres segundos desatentos, se podía percibir la esencia de lo sublime brotando de ese lienzo gigante donde líneas, figuras, colores y vacíos componían la imagen más hermosa que Eduardo había visto en toda su vida.

Ese sentimiento atravesaba el cuerpo del pintor mientras este continuaba viéndola. Sus ojos se detenían ahí, miraban hacia allá, recorrían de un punto a otro, se frenaban en alguna figura, concentraban su atención en cierta sombra, se deslizaban sobre algún trazo. No podía dejar de verla. No podía. La obra le hablaba, él sabía que le hablaba, pero le costaba descifrar qué le estaba diciendo. «Algo anda mal y la obra me lo está diciendo», se dijo. «Pero no logro comprenderla».

Permaneció parado allí durante algunas horas, sin hacer otra cosa más que observar el gran cuadro, hasta que sus piernas comenzaron a ceder. Acalambrado, se sentó en el suelo y, desde allí, siguió mirando la pintura. El cambio de perspectiva le permitió apreciar detalles en los que antes no se había detenido y estos le demandaron más horas de apreciación. Llegada la noche, los ojos irritados y la sucesión indetenible de bostezos obligaron a Eduardo a descansar.

La luz del amanecer ingresando por el gran ventanal del estudio despertó al artista, quien en ese momento soñaba con que miraba impasiblemente su obra terminada. Una vez levantado, vio que la obra cobraba otro aspecto gracias a los primeros rayos del sol matutino. Esto lo llevó nuevamente a quedarse durante horas observando la creación. Cuando llegó el mediodía, la panza comenzó a dolerle por el hambre que tenía y recién entonces notó que hacía casi veinticuatro horas que no comía nada. Se dispuso a salir del estudio cuando vio nuevamente su celular sobre la mesa y recordó el enigma que lo había desvelado el día anterior. ¿Por qué aún no llamaba a su representante? Sin embargo, esta vez la respuesta se le apareció vívida en su cabeza: contrariamente a lo que creía en un principio, no quería que nadie viera la obra terminada.

Después de tantas horas de observación meticulosa de su trabajo, entendió que lo que había pintado era una obra tan perfecta que la sola observación de alguien que no la comprendiera hasta el último detalle sería un hachazo sobre el leño de la perfección artística y una crítica desacertada que se lanzara al aire, aunque fuera inocente, sería como incinerar tal leño dejando detrás de sí insípidas cenizas de desolación.

Decidió Eduardo, entonces, que no llamaría a su representante. De hecho, pensó que lo más acertado era asegurarse de que nadie viera esa obra hasta decidir qué hacer con ella. Lo primero que hizo fue cerrar las cortinas del ventanal. Luego, salió del estudio y, tras cerrarlo con llave, cerró también todas las puertas de su casa. Notó que había sido una decisión acertada, aunque casual, darles el fin de semana libre a la gente del servicio. Volviendo al estudio, oyó que dentro sonaba su celular. Cuando llegó a él, la llamada ya había finalizado. Era su representante y le había dejado un mensaje de voz diciéndole que esperaba ansioso noticias sobre la obra. Sin saber muy bien por qué, Eduardo desarmó el aparato y, con un martillo, destrozó cada una de sus partes. Algo le decía que era mejor reducir el contacto con el exterior hasta que pudiera decidir qué haría con la pintura. Y ese algo emanaba de la obra.

Volvió a mirarla. «Mi obra maestra», le dijo. Y enseguida Eduardo comprendió que la pureza de la obra podía extinguirse de un momento a otro si la seguía mirando. Alcanzaba un instante de dubitación, unos segundos de escasa turbación del pensamiento, para que la obra perdiera su valor. Comprendía que él podía ser el hachazo que terminara de una vez y para siempre con la perfección que radicaba hasta ahora en aquel precioso lienzo. Se volteó. «¿Y si la veo por accidente?», pensó. Cerró los ojos. «¿Y si la veo por accidente?», volvió a pensar.

Caminó a tientas hasta llegar a la caja de herramientas de la que había sacado el martillo para pulverizar el celular. Buscando a puro tacto en su interior, halló finalmente un destornillador. Lo acercó, de punta, a su ojo. Lo alejó. Lo volvió a acercar, a un distancia aún menor. Lo alejó. Repitió la secuencia varias veces, cada vez dejando menos espacio entre punta y ojo, cada vez moviendo el brazo con mayor violencia. Entendía que era la única forma de asegurarse de no volver a ver la obra. «¿Es la única forma?», se preguntó. Alejó el destornillador una vez más y con mucha fuerza y velocidad, lo llevó hacia su ojo. Sin embargo, una especie de instinto de supervivencia latente detuvo el movimiento en el último segundo. «No lo es», se respondió, y arrojó el destornillador al suelo.

Salió del estudio decidido. Fue hasta el garaje y tomó los bidones de nafta que siempre reservaba por cualquier contingencia que pudiera suceder. En su vuelta al estudio pasó por la cocina y recogió una caja de fósforos. Eduardo estaba determinado: la única forma de asegurarse de que nadie viera la obra y salvaguardar así y para siempre su pureza era destruirla por completo. Entró al estudio y cerró la puerta con llave.

Una vez dentro, pensó en detenerse a mirar su obra una vez más, una última vez, pero sabía que era arriesgado. Por lo tanto, se limitó, con los ojos cerrados, a caminar hacia la pintura y vaciar sobre ella los bidones de combustible. Se alejó doce pasos hacia atrás. Encendió un fósforo y lo arrojó sin dudarlo. Las llamas se encendieron instantáneamente. En escasos segundos, el fuego cubrió por completo el lienzo, que se caía a pedazos. Eduardo abrió los ojos cuando oyó que se desmoronaba el cuadro. Algunas lágrimas cayeron por su mejilla. Su determinación lo hacía llorar, pues sabía que nunca más volvería a ver su obra maestra.

Permaneció varios minutos allí, asegurándose de que la pintura se consumiera en su totalidad. El fuego, mientras tanto, se había contagiado a otras partes de la habitación. El calor y el humo comenzaban a ahogar al pintor. Cuando el ambiente se volvió insoportable, caminó hacia la puerta. Sin embargo, cuando quiso abrirla, notó que el picaporte estaba muy caliente. Acto seguido, se dio cuenta que el calor había dilatado los materiales de la cerradura y la puerta, por lo tanto, no podía abrirse. Desesperado, comenzó a golpearla con el cuerpo, pero la puerta permanecía inamovible. Pensó en golpearla con el martillo, pero cuando localizó la caja de herramientas, esta se encontraba ya bajo el territorio de las llamas.

Se le ocurrió entonces salir por el ventanal. Al mirarlo, descubrió que las cortinas que él había cerrado antes estaban también encendidas. El humo estaba por dejarlo inconsciente. No había tiempo para más. Desesperado, corrió hacia el ventanal y, atravesando fuego y vidrio, cayó en el patio. Rápidamente se quitó las cortinas de encima, pero ahora su ropa ardía. Sin dudarlo, se lanzó a toda velocidad hacia la pileta y se hundió en sus aguas de un salto. Salió de allí como pudo y se arrastró sobre el borde la pileta hasta llegar al pasto. Ahí se quedó tendido, viendo cómo su casa era consumida por el fuego y sin fuerzas para pedir ayuda.

 


Como seguramente sabés, este relato es parte del especial “Cuentos de viernes”. Al final de cada semana, publico un breve cuento y este es ya el cuarto de la segunda temporada. Podés leer el resto de los relatos, de esta temporada y de la anterior, haciendo clic acá.

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Autor:

Escritor novel. Defensor de la ciencia y el pensamiento crítico. Amante del arte en todas sus formas. Fotógrafo aficionado y pésimo ukelelista. A veces hablo en serio.

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